Nada cambiará

María Xosé Blanco Giráldez
María Xosé Blanco CARA Y CRUZ

BARBANZA

Sí. Yo también creí que el coronavirus nos cambiaría. Llegué a estar convencida de que esa amenaza que llegó de forma inesperada para obligarnos a frenar en seco nos haría diferentes, nos convertiría en personas más sensibilizadas con los grandes problemas del mundo. Pensé que por fin aprenderíamos a valorar lo realmente importante, restándole interés a aquello que era secundario.

Supongo que esa percepción se mantuvo mientras el miedo seguía vivo en el cuerpo, durante el período en el que la cifra de fallecidos no dejaba de crecer y las informaciones que llegaban sobre mayores a los que se estaba dejando morir por falta de medios nos ponían la piel de gallina. Pero que pronto olvidamos. Ha bastado con dejarnos salir de nuevo a la calle, aunque sea por tiempo limitado, para que hiciéramos borrón y cuenta nueva. Hemos vuelto a saborear las mieles de la libertad y, de nuevo, los intereses económicos y la sociedad del bienestar se sitúan en los primeros puestos de nuestra escala de valores, ya casi por encima de la salud y de la vida.

Tras dos meses de encierro, cumplidos por muchos a rajatabla, y con la amenaza del virus planeando sobre nuestras cabezas, ya solo pensamos en volver a ser como éramos. Nos parece poco pasear una hora al día en un radio de un kilómetro. Vemos injusto el límite impuesto a las terrazas de los bares. Nos indigna que pretendan empezar el curso con 15 alumnos por aula. Y ni siquiera nos tiembla el pulso al tirar guantes y mascarillas en calles y parques.

Ahora, ya me inclino a pensar que nada cambiará, por lo menos tras este primer susto.