Este término, que no habíamos utilizado en nuestra vida, en pocos días se ha hecho tan habitual que solo falta ponerle un plato en la mesa. A mí me vale para hacer la pregunta de cómo pasaremos de la actual situación a la «nueva normalidad», es decir, ¿cómo será la desescalada?
Mi teoría es que este o cualquier otro Gobierno, una vez que se ha visto obligado a tomar unas medidas excepcionales, será muy conservador a la hora de retirarlas. Por dos razones: la primera es que el coste de las medidas ya está amortizado y el de un paso en falso, no. La segunda es que para los políticos el protagonismo es su droga y el estado de alarma los coloca en el vértice de la actualidad. Pero esta opción tiene un problema: la economía, madre de todas las venturas y desventuras.
Es cuestión de sumar y restar. España está gastando mucho más de lo previsto e ingresa mucho menos. Esto solo se puede soportar con mayor endeudamiento -que ya era muy elevado- y por buenas condiciones que este tenga, lo habrá que devolver. A esto añádanle un dato más, si es cierto el irresponsable vaticinio de la ministra Yolanda Díaz, el turismo -¡15% del PIB!- estará parado hasta diciembre. Y España no tiene un sector industrial potente que tire de la economía. La conclusión es sencilla. O nos encomendamos a un fármaco o una vacuna rápida -nada probable- o hacemos la desescalada, con todas las medidas preventivas que podamos, lo antes posible. Test fiables y masivos, disciplina, objetividad y abrir toda la actividad comercial lo antes que se pueda, incluida la hostelería. Es vital a nivel interno y para no aumentar la brecha con otros países.