A lo mejor morimos


Es difícil poner un título así. Nunca en la historia de nuestra democracia, de las democracias del mundo, la desnuda fragilidad de la vida se ha puesto a practicar este funambulismo, con Internet pero sin red. A veces intento ser tan positivo que peco de Mr. Wonderful, pero la realidad es la que es. Quizá lo más honesto ya no sea dar ánimos y sí recomendar que nos preparemos para cualquier cosa.

Últimamente sueño que cuelgo las botas, que la palmo, vamos. Cuando uno muere la temperatura de su cuerpo baja un grado centígrado cada hora. Todo el torso se vuele ceniciento, los ojos se hunden y te meten en un cajón de madera. Así acaba todo, en unos añitos solo quedará una dentadura blanca en la negra soledad del domicilio perpetuo del ataúd. La última fase del confinamiento.

Por un momento imagina que ha pasado eso. Has muerto. Pasa el tiempo, fuera de ti, la vida continua. Sigue pasando el tiempo. Crecen los lirios, tus hijos ya están aprendiendo a afeitarse, tu pobre mujer se cansó de llorar y conoció a un buen chaval. Es lo que se merece, siempre hay buenos chavales por ahí. A lo mejor ya retiraron tu foto del salón, y los domingos se reúnen a comer y se cuentan cosas que ellos creen que son importantes…

¿Sabes qué? Esa chica, esa mujer, está ahora en el salón, o en la ventana. Asomándose al resto de su vida, deseando que la abraces y le digas que lo sientes, o que la quieres o algo. Mira, aprovecha y abrázala, abraza a todo el que puedas en tu casa ahora que todavía respiras, y estás caliente. Aprovecha que aún eres alguien. A lo mejor vivimos.

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