Padre del día


Lija y terciopelo

Llueve. Está bien que llueva. Tengo una cajita de paracetamol y acceso a Internet, en eso se cifra mi capital. Por las mañanas tengo un miedo irracional, porque levantarse de cama es un acto de superación, una afirmación personal ante la oscuridad. Ante el vacío. Ante el virus. Ante todo lo que ocurre.

Mi padre siempre me decía -y dice- que, aunque sea duro, cada jornada hay que ponerse el casco de guerrero y salir a pelear. Pienso en cuánto ha trabajado, cuántas veces se ha puesto ese casco para que yo estuviera bien. Pienso también en los marineros, en cuántas veces se habrán puesto el casco y habrán regresado a casa veteados de salitre y sudor, casi irreconocibles para sus hijos pequeños. Pienso en todos los padres que se han perdido la infancia de sus hijos para que sus hijos tuviesen una infancia.

Hay un fragmento de la Ilíada, el padre de los libros, que me recuerda a las palabras del mío. El príncipe Héctor se prepara para la guerra y su hijo no lo reconoce. Hasta que se quita el casco: «Los brazos le tendió el ilustre Héctor pero el niño, inclinándose, volviose, en medio de chillidos, al regazo de su nodriza de fina cintura, asustado a la vista de su padre, aterrado ante el bronce y el penacho de crines de caballo, que tremendo veía pender de lo más alto de su yelmo. Echáronse a reír su padre y también su augusta madre. Y al punto se quitó de la cabeza el glorioso Héctor su yelmo y, reluciente, en el suelo lo puso; y él, entonces, a su hijo querido, besó y meció en sus brazos».

Feliz día del padre, gracias por pelear. Ahora me pondré el casco para ti, para siempre.

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