He visto


Este domingo vuelve la fiesta de la democracia, que tiene tanto de fiesta como de democracia. Mucha gente se va a meter en tu vida, quizá porque no aguantan la suya. «Tienes que votar a…», «que vienen los rojos», «que vienen los fachas». Haz lo que quieras, gane el idiota que gane, tu deber va a ser el mismo: salir adelante con cualquier gobierno. A pesar de cualquier gobierno.

Lo siento si sueno amargo, es que los miércoles soy un descreído. Podía ser peor: los martes soy un hijo de puta. Los jueves, un nenúfar. Imbécil toda la semana, eso sí. Pero he visto lo que hace la política a ciertas personas y es desolador. No les eriza la piel, las convierte en erizos. Adictos al consumo de titulares, pero solo los que cuadren ideológicamente en su mundo monocromático, a la confrontación constante, a dividir el mundo en trincheras, a soltar eslóganes de todo a un euro, a aleccionar… Adictos.

Mi amigo Rusty es un borracho, pero al menos sabe que está enganchado a algo y a qué. Las drogas invisibles tienen precipicios. Y en la noche de los vivos murientes, con un pequeño empujón, el idealista se vuelve un fanático; el apasionado, un violento; el solidario, un megalómano. Lo sé, lo he visto.

He visto a buenas personas llenarse de odio. «Álex, tío, ¿qué te ha pasado? Antes no eras tan radical». Y Álex te narra la historia de cómo se dio cuenta de lo que había que hacer para salvar el país, sin dudas, sin titubeos, quienes eran los buenos y quienes los malos. En su relato, donde él ve un inspirador sendero de iluminación, solo soy capaz de ver un episodio de profunda soledad.

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