Qué hacer en la ducha


ribeira

No soy muy de cantar en la ducha. Lo que sí hago es boxear en ella. Pongo el agua muy caliente y de la neblina del vapor surgen mis monstruosos enemigos, a los que voy derrotando sin piedad con un arte marcial que yo mismo inventé, muy efectivo solo en la ducha y para enemigos vaporosos. Ahí soy cinturón negro.

Otros días, bajo el agua, cierro los ojos y recuerdo la voz de mi abuelo, a mi madre enseñándome a montar en bici o a mi padre empujando el columpio hasta que emana de mí una calma verde esmeralda, caleidoscopio por el que desfilan viejos sueños: a los 4 quería ser poeta; a los 5, samuray; a los 6, médico; a los 7, samuray poeta; a los 8, detective privado; a los 16, señor feudal; a los 34, afilador de lápices...

Y, en ocasiones, el chorro frío cuchillo para olvidar a la soledad comiéndose sus propios dientes. No mucho. Solo soy un frágil hierro, aguanto poco con el agua fría y el ánimo sombrío, así que me seco bien y le digo al tipo al que no se le ve la cara detrás del espejo empañado: «Gracias chico. Te debo una. Todos necesitamos creer en algo y, aunque tú no lo sepas, yo creo que no será hoy el día en que me rinda».

La evacuación en el trono siempre antes de la ducha, como suponemos los expertos que haría Aristóteles. No uso esponja, solo gel. Escucho a Springsteen. Un chupito de colutorio. No sé para qué sirve el acondicionador. Me peino con la mano. Me pongo la toalla como Superman. Lanzo una patada voladora a la nada… y al final salgo de la ducha pensando que he hecho de todo menos ducharme.

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