A veces te quiero siempre

Emilio Sanmamed
Emilio Sanmamed LIJA Y TERCIOPELO

BARBANZA

Paseábamos por Coroso, intentando bajar algún kilo extra de mi estricto régimen de ensaladas de pizza. Nos vamos a casar este sábado y, sentados en la playa como dos flores cortadas, el sol nos daba directamente en la cara. Al cerrar los ojos todo era amarillo, como la última cima del amor. La que sucede tras escalar los días largos, cuando el minutero ya se ha comido a las mariposas del estómago, la turgencia de la piel y la mayoría de los besos.

Después de dormir dos mil noches juntos, besar sus canas y acariciar su frente. «Te quiero, nena». Por todo lo vivido. Por las grietas. Por la entereza. Por las varices. «Te amé mucho, pero ahora te quiero, te respeto y te protejo con mis dientes de perro y si un día me faltas, me faltará el doble de la mitad». Con un latigazo, uno se da cuenta de que quizá hubiera sido más fácil elegir una cruz más ligera que entregarse a alguien hasta el punto de morir, si fuese necesario, por ella. Ella, que siempre estuvo ahí cuando el resto solo tenían en la boca palabras.

Me habla mientras yo continúo con los ojos cerrados. Nena, no hay nada más importante que este sol. «Ser puntual», dice ella. «Ir al súper». «La reunión de la comunidad». Ella es práctica, la cuerda que sujeta mi cometa para que no caiga derribada en el acantilado. «Hay que separar la ropa de color». Mira, Merchi, con los ojos cerrados todo es amarillo, no hay nada que separar. «Te quiero, pero estás loco».

Hay quien me dice que tengo buen corazón, ojalá que sí, por si ella un día necesita un trasplante. Solo pediría que me operen bajo este sol. Toma, mi corazón es amarillo.