A plena luz, una embarcación arrolla a un buceador en punta Cabicastro. Entre en Google Maps y podrá ver las estelas de varias embarcaciones que se deslizan a velocidades suicidas por las proximidades de dicha punta y el islote Papatimóns. Así, no es extraño que una hélice homicida acabase con la vida de Manuel Ángel. Considero a la Administración dolosamente culpable de esta muerte. ¿Cómo es posible que no existan límites de velocidad para las embarcaciones? Que yo sepa, no existe norma alguna, más allá de los tres nudos de entrada y salida de los puertos y la prohibición de navegar a motor dentro de los balizamientos de playas. Cualquier energúmeno puede pilotar su embarcación a la velocidad que le plazca. No hace falta ser marino experto para saber que las velocidades deberían estar limitadas, como mucho, a 10 nudos (unos 20 kilómetros por hora) hasta una distancia de dos millas de la costa e islas e islotes adyacentes.
Las autoridades desconocen la identidad del piloto de la embarcación blanca que mató al submarinista; pero el cobarde sí lo sabe. Nadie mejor que él para saber que cuando le destrozaron la cabeza a Manuel, pasaba por punta Cabicastro como un salvaje. Raskólnikov no pudo recuperarse de las pesadillas de su crimen. Pero mucho me temo que este piloto no leyó a Dostoyevski. Y muchas de las autoridades responsables por omisión de aplicar normas que regulen la velocidad en la mar, posiblemente tampoco. Cada cual que luche con su conciencia, aunque su intención no haya sido la de matar.