Mateo 19, 23-30: «Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el reino de los cielos». Esta sentencia del Nazareno (cuanto mayor me hago más convencido estoy de que lo crucificaron por rojo y no por mesías), no es baladí para el polémico asunto que quiero tratar hoy y que no es otro que la donación de esas famosas máquinas para tratar el cáncer cedidas por un señor. ¿Un charco? ¡Adelante, sospechoso!
Todos coincidimos en que la donación en sí misma es un gesto maravilloso. Eso no se discute. Lo que se pone en tela de juicio es el contexto, pues se comenta que este venerable señor podría pagar más impuestos de los que paga, porque su empresa se acoge a ese término de la «elusión tributaria» legal, por el momento, pero de dudosa ética, sobre todo para ricos de solemnidad.
Hay quien ve en este debate el verde rostro de la envidia. No es mi caso, se lo aseguro. A mí más que este caso, lo que me duelen son las condenas en Brasil por utilizar mano de obra esclava hace años; las condenas de este año por discriminación laboral, o las del año pasado por fraude en la contratación... Esto ya me molesta más.
Nadie se hace tan inmensamente rico sin utilizar prácticas, cuando menos, de dudosa moralidad. Y, aunque también es perfectamente humano intentar devolver algo al mundo en forma de donaciones, ya que el imperio está sólidamente cimentado debería tornarse ejemplar en todos los aspectos. Nuestra sanidad pública no debe mantenerse de limosnas por muy estupendas que estas sean.
Esta forma de filantropía, a la larga, seguro que nos sale cara.