Lo haces todo mal


Enciendo la tele para desayunar y resulta que lo hago mal, según un experto que sonríe. Ni tomo una pieza de fruta, ni bebo dos litros de agua. Empezamos bien. La apago y echo un ojo a los periódicos: parece que también tomo mal el ibuprofeno, me he perdido siete de las diez películas obligatorias y solo he visitado uno de los nueve destinos imprescindibles. En el trabajo ojeo una revista de salud que me da consejos: no debería usar auriculares, tendría que revisar la próstata con más frecuencia y hacer una lista de las cosas que quisiera cambiar en mi vida. Apunto en una hoja todo.

Salgo y decido ir un rato al gimnasio al que voy mal, ya que debería ir, al menos, cincuenta minutos y cuatro veces por semana. Yo solo voy cuando me acuerdo. Me pongo a correr en la cinta y un runner me comenta que lo estoy haciendo mal, que me voy a cascar las rodillas. Luego añadió gratis: «Tienes mal aspecto, deberías ponerte al sol».

Harto de soplagaitas intentando salvarme la vida, me voy al bar. Los habituales estaban allí, arreglando el mundo. «También votas mal», fue la conclusión. Empecé a entrar en una de mis espirales descendentes. Existo mal. La realidad me obligaba a asimilar que soy una hiena y, como tal, sentí tantas flechas clavadas en el lomo que cogí una taza de Mr Wonderful en la que ponía «al mal tiempo, buena sonrisa» y la estrellé contra la televisión. Luego me desnudé y canté una canción de Shakira. Antes de entrar al calabozo les grité a los parroquianos y al mundo: «¡Aquí tenéis, pequeños cabrones, lo único que sé hacer bien: hacerlo todo mal!».

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