Por qué no te saludé


Sobre mí, a diez centímetros de mi cabeza, flota un garbanzo, un arroz, un átomo. Es ahí donde estoy la mayoría del tiempo. No estoy en mí, estoy en el garbanzo. Es mi pequeño mundo alternativo; no es falso, ojo, es alternativo. Cuando no puedo más de realidad -que es casi siempre- me subo. «¿Cómo puede este puto gordo caber en un garbanzo?», se preguntarán atinadamente. Pues porque ahí dentro no estoy gordo, ni delgado. Ahí dentro tengo el cuerpo de Thor y marco el gol de la final de la Champions sin derramar el cubata, el público son chicas con vestido azul que, para celebrar el gol, leen con voz de sirena el canto XXIV de la Ilíada -el mejor-. Ahí dentro todos los éxitos que pasaron lejos de mi puerta se paran a venderme una enciclopedia y dejo de ser una fea sombra de aquello tan importante que iba a ser y que ya no consigo recordar.

Antes de decirte por qué no te saludé déjame hablarte de la prosopagnosia: es un trastorno cognitivo que hace que a una persona le sea difícil reconocer los rostros de la gente. Superman podía inducirla, por eso no lo identifican al ver a Clark Kent sin gafas. Discúlpame si no te saludé, no es que esté siendo maleducado -no lo soy- o gilipollas -sí lo soy-. Es por prosopagnosia o por mi vista de Rompetechos o porque estoy en mi mundo alternativo. O por las tres a la vez.

Perdonen, vuelvo al garbanzo, que tengo ahora una reunión con Disney; quieren hacer la peli de un articulista quejica que siempre escribe que está triste pero tarde en la tarde descubre lo bella que es la vida y lo feliz que ha sido. ¡Con Marlon Brando!

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