Si me queréis, irse


Lija y terciopelo

Era martes, estaba solo en mi habitación y se me escapó un «te quiero». Exclamé «te quiero» en voz alta y no sé a quién. No sé si me lo decía a mí mismo, no creo. En mi cabeza empecé un diálogo: «Oye tronco -me trato de tronco porque tengo confianza conmigo- ¿a quién le dices te quiero? Estás hablando solo, aún van a tener razón todos esos cuerdos de atar y tú -y yo- estás loco». Sería un trozo de una de esas canciones de amor que nunca hablan de ir al súper por ofertas de 4x3 en latas de atún, ni de limpiar la cocina, ni de cuanto te puede acercar al divorcio el acabar el papel higiénico y no cambiarlo. Una canción que se me pegó y tarareé. O un poema. No sé.

El caso es que el «te quiero» se me escapó de la boca, se abrió paso entre mis labios de Scarlett Johansson y anidó en algún lugar de la estantería entre La ilíada y La odisea. Me bajé al parque con mis padres a cenar al Castelao. No les mencioné nada de mis fugitivos quereres y al volver a casa… ¡seguía ahí! Apagué la luz, esperando que en la oscuridad no lo viese nadie. Notaba a ese desvergonzado volando bajo «como el badajo que hay en nuestros corazones» y pensé en abrir la ventana.

Para vivir hay que estar herido. Herido por las cosas que no fueron o que no serán. Estar herido es estar vivo, aunque las heridas sean de muerte. Así que voy a dejar morar al «te quiero» en la estantería por si lo necesito, por si lo necesitas, por si te marchas, cuando duela… lo atraparemos y nos lo aplicaremos en las llagas, con whisky y Betadine.

Se me escapó un «te quiero» como si ya supiese que me haría falta.

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