Pérez-Reverte y yo


Más de trescientas personas me han pedido que hable de los entresijos del oficio de columnista. No tiene mucho misterio, a decir verdad. Tengo que enviar un texto a la redacción el martes por la noche y el jueves sale publicado, tal y como están leyendo ahora. Como digo, ya que más de cien personas me solicitaron que les describa el proceso, voy a explayarme.

Normalmente pienso un tema sobre el que escribir, durante el finde, con alguna cerveza a bordo. El lunes suelo descartar dicho asunto por ser un delirio o una chorrada, también me prometo que no volveré a probar el zumo de cebada. El martes, a toda prisa y a última hora, abro el Word e improviso algo; jurándome que no me vuelve a pillar el tren, que el próximo artículo lo haré el sábado tomando una caña. Disculpen, no es que no me tome esto en serio, me lo tomo tan en serio como me tomo a mí mismo. Al fin y al cabo, más de cincuenta personas me han pedido que desentrañe esta entraña.

Cuando me siento, escribo todo de un tirón, sin repasar, para saciar la curiosidad de esas más de diez almas que me preguntaron… Realmente no fueron tantas. De hecho solo fue una. El viernes. Y no me habló de artículos, me pidió que lo invitase a una birra, ya saben, cosas de viejos amigos. Lo invité, claro, pero él bebe muy lento y tuve que tomármela yo. Le pedí un pitillo. No fumo, pero estaba la noche para prender fuego a Roma con una colilla, para tañer la lira viendo el mundo arder. Al irme le dije: «Oye, León de Padín, me has dado una idea para la columna de este jueves». Esa estatua es la mejor persona que conozco.

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