La política de baja estofa, esa que a diario practican la mayoría de los políticos, llenos de barro y miserias, es el arte de decir -o hacer- algo y después lo contrario según convenga a los intereses puntuales del sujeto. Pues eso es lo que ha hecho el domingo pasado el presidente de la Xunta y líder del PP en Galicia, Alberto Núñez Feijoo. Y miren que quien firma no comulga con la mayoría de sus ideas, pero sí lo consideraba bastante consecuente, honrado y responsable; que ya es decir de alguien, tal como está el patio político. Y no me vale la justificación de la disciplina de partido y que se mantuvo alejado de fotos peligrosas.
Un presidente que modifica la agenda de su viaje oficial a Estados Unidos para asistir a una manifestación en Madrid, algo que él criticaría con saña, estoy segura. Él que tanto ha criticado a los que hacen política en la calle, detrás de una pancarta. Y, cruel destino, el mismo día que en Santiago tiene lugar una masiva manifestación -no voy a entrar en una guerra de cifras, pero está claro que proporcionalmente no hubo color y la gallega fue un éxito rotundo- porque la deriva de la sanidad pública preocupa, y mucho, a una amplia mayoría de gallegos.
Si me lo dicen de otros políticos a los que considero más demagógicos, pues no me sorprendería. Pero en Feijoo sí. Una decepción, porque en un solo acto ha renegado más que Pedro en una noche. Por encima, no ha escuchado el mensaje de sus administrados: quieren mayor claridad, más recursos y mejor gestión en la sanidad gallega. Y eso, para el presidente de Galicia debería ser prioritario. Pero parece que no lo fue ni lo será.