27 minutos

Ana Lorenzo Fernández
Ana Lorenzo ENCRUCIJADA

BARBANZA

Ese es el tiempo que tarda una secadora en dejar totalmente lista la ropa de varias coladas, y es el mismo que, en los últimos tiempos, se dedica a compartir animadas tertulias con vecinos, amigos o auténticos desconocidos. Los modernos negocios de lavandería se han convertido en ese nuevo espacio de encuentro en el que muchos parecen olvidar por una vez las dichosas pantallas de los teléfonos móviles -aunque hay de todo- y retomar esa vieja tradición tan nuestra de la conversación y el cuchicheo, esa que el mismísimo Ramón María del Valle-Inclán y sus colegas pusieron de moda hace ya demasiadas décadas.

Puede que el olor a detergente y suavizante esté detrás de esta tendencia que provoca que a muchos se les suelte la lengua y decidan pasar un rato de lo más entretenido mientras las lavadoras y secadoras hacen su trabajo. Viene a ser como una reedición de lo que hacían nuestros antepasados en los lavaderos, donde empleaban horas y horas frotando -y también destrozando o lombo-, pero compartiendo grandes momentos de cháchara con otras vecinas, con las que se ponían al día de todas las novedades del pueblo y ni se les pasaba por la cabeza que mucho tiempo después llegarían unos modernos teléfonos que, lejos de hacer que la gente hablara más, han conseguido todo lo contrario.

Las cafeterías, antaño lugares de encuentro y jolgorio, han perdido la batalla contra los móviles, que mantienen a los usuarios permanentemente atentos a una pantalla y sin decir palabra. Descubrir a gente hablando animadamente mientras espera a que acabe la secadora es como encontrar un oasis en medio de un desierto de silencio.