Sombras

Alicia Fernández LA CRIBA

BARBANZA

Se habla estos días sobre el último desparrame mental del inefable Abel Caballero, alcalde de Vigo por deseo de sus vecinos. Siempre que le escucho o veo en una entrevista me recuerda, no sé bien por qué, a los actores cómicos de medio pelo tan pródigos en el cine español en el último cuarto del pasado siglo. Puede que sea porque me produce más arcadas que ganas de reír, puede que por lo trasnochado,…

El problema es que este sujeto, que está encantado de haberse conocido, no es un cómico sin talento sino un político sin escrúpulos. A los hechos me remito, pues en más de una ocasión le he oído hablar pestes del populismo de una formación política que le guerrea por la izquierda ¡A él! ¡Con dos bemoles! Pero su último esperpento todavía me tiene estupefacta y cariacontecida. Más cuando oigo a algunas personas, a las que tengo en consideración o admiro su intelecto, justificar el vodevil de las luces de Navidad con los mismos argumentos que el susodicho: ha conseguido una eficaz campaña de publicidad para la ciudad olívica.

Bueno, para empezar, se podría invertir el coste reconocido de un millón de euros, ¡a saber el real!, en una campaña con más luces. En segundo lugar, aún siendo consciente de que los alumbrados incentivan a los ciudadanos a moverse y consumir -en lo del nacimiento de Jesús casi ni reparan los católicos- lo de Vigo es sobreactuación pura y dura. Despilfarro en Do mayor, de libro. Para rematar su ramplón y vacío discurso no puede recibir aplausos, aunque sean con sorna. Fue patético, ridículo. Un hazmerreír que dista mucho de la Europa que admiramos, la del norte. La del sentido común.