El corazón del hombre


Dicen que Maradona aprendió a jugar al fútbol con una naranja, nadie como él regateaba con una fruta los malos vientos de Buenos Aires. Dicen que Zidane usaba una piedra y que cuando le pegaba con el empeine se oían acordes de La Marsellesa. Y digo yo que Modric, el niño que creció en la guerra de Yugoslavia donde fusilaron a su abuelo, aprendió a jugar al fútbol con los cráneos de los muertos. Solo así se explica la honda levedad de sus pies guiados por fantasmas; espectrales caballitos de mar que al acariciar un balón en el Bernabéu le imprimen una trayectoria de lágrima por el rostro.

Hay algo trágico en la manera de jugar de Modric, nunca un futbolista me recordó tanto a un poema de Lorca: convierte al espectador en las negras penas de un niño rubio en una colina de Dalmacia que sueña con tener unas botas de fútbol. El crío atormentado que ríe. Yo también he levantado muchas copas (de vino barato) y sigo estando triste, Lukita, amigo. Cada día que pasa es un tiro al larguero. Sonreímos. Ya hemos estado peor, creo. Sobre todo tú.

Los golpes, los fracasos no rompen el corazón del hombre: lo acotan, lo precisan como un fuego que arrasa la vegetación que rodea a un fuerte hórreo, dejando su piedra viva al desnudo; mostrando lo que permanecía oculto pero es indestructible. Así es el corazón de Luka Modric, cuando uno sobrevive a la guerra y a sí mismo, el Balón de Oro de la repisa nunca le hará olvidar aquellas porterías construidas con fémures, los goles marcados con calaveras, las noches donde la sonrisa se aferra con cólera al eco de sus entrañas.

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