Ese maldito afán por competir

Ana Lorenzo Fernández
Ana Lorenzo CRÓNICA

BARBANZA

Una cierta rivalidad y afán por mejorar siempre son buenos si se hacen con cierta mesura y sentidiño. Sin embargo, hay ocasiones en las que ese espíritu de competición está fuera de toda lógica. Sin ir más lejos, estos días el que más y el que menos tuvo que afanarse en realizar manualidades con calabazas para que los niños las llevaran al colegio. En todos los centros educativos no paran de insistir en que es una actividad para que toda la familia se empape del espíritu del samaín, que el protagonista tiene que ser el niño, y que los padres solo deben ayudarlo y divertirse.

Sin embargo, basta con darse un paseo por las exposiciones de calabazas del cualquier colegio o escuela infantil para descubrir que hay creaciones que son dignas de exhibirse en un museo, y que difícilmente han sido realizadas por las pequeñas manos de un escolar, y ya no digamos de un bebé de menos de 3 años. En primer lugar, solo hay que pensar en que para abrir el vegetal casi se necesita un máster del universo y muchas horas de gimnasio para poder incrustarle un cuchillo en la supuesta cabeza, y no digamos ya lo complicado que es vaciarlo correctamente: ni cucharas de helado ni gaitas, casi hay que utilizar una rebarbadora.

Pero, siempre hay quien puede hacerlo mejor, y cincelar unos perfectos ojos, nariz y boca -con toda clase de dientes-, y todo ello con una precisión de cirujano asombrosa y que vuelve a dejar en evidencia que el niño poco tuvo que ver en la elaboración de esta obra de arte. No faltan tampoco aquellos que tienen la varita mágica, como la madrina de Cenicienta, de convertir una calabaza en un espectacular superhéroe, dibujo animado o muñeco con todo lujo de detalles, complementos y demás.

En fin, que a lo que iba, que en lugar de divertirse con los niños diseñando calabazas terroríficas, parece que algunos padres, y también abuelos, se empeñan en realizar una auténtica competición para demostrar que su hijo-nieto va a llevar a clase la mejor creación. Afortunadamente, como los pequeños son todavía muy inocentes, muchos seguirán pensando que, pese a que la de su compañero está más guay, la suya sigue siendo la mejor. El problema llegará con aquellos que comparen una con otra y crean que la de su amigo es una maravilla, a pesar de que el niño poco o nada tuvo que ver en su elaboración.

Este solo es un ejemplo de los muchos que hay y en el que los padres deberían pisar un poco el freno y comprender que sus hijos no van a ser mejores o peores por llevar una espectacular calabaza, disfraz, experimento, cuento, dibujo... porque realmente no los han hecho ellos. Dejemos de competir y que los niños se diviertan, que es lo que tienen que hacer.