Marihuana


Según los datos oficiales, en España el tabaco está detrás de más de 50.000 muertes al año y el alcohol, de más de 40.000. Las «drogas socialmente rechazadas» no llegan al medio millar de muertes, que no son pocas, pero a gran distancia de las «drogas socialmente aceptadas».

Hace unos días que Canadá -que se sepa, país democrático, sensato y organizado- acaba de legalizar el uso recreativo de la marihuana. El segundo en hacerlo, detrás de Uruguay; que dio ese paso en el 2013 y que, por el momento, no ha supuesto la perdición del país o la antesala del infierno. A esta lista podríamos sumar otros donde se permite el uso terapéutico -incluidos algunos estados yanquis- o la experiencia, limitada solo al ámbito de los coffeshops, en los Países Bajos.

En España, el debate sobre la legalización cada vez se extiende más y ya hay algunos partidos que la defienden, tanto desde el punto de vista de su uso terapéutico como recreativo, donde puede suponer un freno al tráfico de drogas. Pero es curioso que al mismo tiempo, en un país donde presumimos de garantistas y demócratas, nos han colado una Ley de Seguridad Vial que castiga sin graduación, fiabilidad, ni objetividad alguna su consumo. Algo que choca con todos los principios de seguridad jurídica que se le presuponen a un estado de derecho, pero contra lo que es políticamente incorrecto protestar, para mayor gloria y recaudación de Tío Gilito Navarro.

Vamos, que dos días atrás puedes haberte bebido el Ulla y no pasa nada, pero por una calada, como mínimo, te pueden endilgar mil mortadelos y seis puntos de vellón; cuando los supuestos efectos ya no existen ni por asomo.

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