Sé que lo de dar consejos está trasnochado, caduco y mal pagado. Incluso que se suele ajusticiar al garrote vil a quien se embarca en tamaña osadía. Pero el corazón rebelde le puede al alma tranquila, que si fuese agua la sangre, en este costal no metía navaja. Estamos en territorio comanche donde la crítica ofende hasta traer venganza, donde aquellos que a menudo invocan libertad y democracia te dejan gritarlo solo si es desde su atalaya. Donde unos pocos, con bastante más sectarismo del que abominan, diseccionan entre bien y mal al margen de mayorías e historia. Pues con este riesgo, que no cubriría compañía alguna, entramos al asunto.
No es que el Boiro político haya sido nunca un remanso de paz, que no lo fue, ni es, ni lo será. O un terreno sin barro donde primara el juego limpio. Pero había determinados niveles que parecían superados, sobre todo con respecto a una etapa donde la demagogia asoló el municipio como la peste negra la Europa del siglo XIV. Pero parece que una nueva pandemia nos afecta: se vuelve al todo vale, a llamar a las barricadas, a pasar lo público al plano personal, al conmigo o contra mí y a que hacer política vuelva a significar marrullería en estado puro. No hablo de un hecho puntual, me refiero a una tendencia donde las maneras se repiten. Que puedo admitirla como opción, pero en modo alguno comprarla como moderno modelo de acción política.
En política, si tienes argumentos sólidos, hay otras vías y otras estrategias más constructivas, más serias y maduras. Boiro necesita más sutura que bisturí, más sosiego que algarada. Sucumbir a la sirena del rédito electoral es muy viejo.