Banca moderna


Este país se nos escurre entre los dedos, como si fuese arena. Cada día avanzamos a lomos de la sinrazón y la bruma de la dejadez nos impide ver el abismo al que nos acercamos. La grave crisis económica que vivimos (estamos en el peor momento) no ha hecho más que acelerar el proceso. Perdemos derechos sociales básicos. Perdemos cultura y valores forjados desde Viriato. Perdemos dignidad. Y la clase política se ha convertido en una troupe de demagogos y trepas que vive en un mundo paralelo al real; fozando en la corrupción.

La deriva emprendida por los bancos es una muestra clara del despropósito y de quién manda aquí. Después de fagocitar miles de millones públicos -esos que pagamos la infantería- cada día dan una vuelta de tuerca a sus clientes sin que nadie diga nada. Salvo la UE -¡bendita vieja Europa!- cuando alguien tiene el tiempo, el dinero y el tesón de recurrir sus rapiñas y extorsiones.

Hace unos días, ante el abarrote de la sucursal del Banco Pastor y sus elevadas comisiones (vale para cualquiera), me dispuse a hacer una gestión por su banca electrónica. Fue imposible. La app me derivó a un número de teléfono. Tras múltiples intentos y esperas, cuando me atendieron me dijeron que tenían que ponerme en contacto con otra extensión, de lo que desistí después de media hora de espera. Intenté llamar a la sucursal, sin conseguir que me contestaran en diez intentos. Al final no tuve más remedio que ir en persona. Y ya me avisaron de que los ingresos y reintegros hasta cierta cantidad habrá que hacerlos a través del cajero. Ya me explicarán como harán los mayores.

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