Pensiones (y 2)

Maxi Olariaga LA MARAÑA

BARBANZA

Salud, citas, frío, desesperanza. El pasado lunes no asistí a la concentración (si la hubo), de los jubilados ante el Concello. De vez en cuando, esa vida corriente que todos tenemos nos priva de atender a los asuntos que con más interés querríamos solventar. En todas las batallas hay heridos, muertos y desaparecidos. Lo importante es recuperarse del daño e incluso resucitar si el espíritu fuere necesario para culminar la empresa. Las heridas de guerra me impidieron acudir al puesto que tengo adjudicado en mi trinchera.

No tengo la menor duda de que, salvo catástrofe irremediable, siempre habrá una voz que clame por la justicia o un brazo que alce al cielo su grito desnudo y libertario. Sabemos que poco -¿por qué digo poco?- nada podemos esperar de los poderosos. Sabemos que, salvo para mantenerlos en sus privilegios, prebendas y demás corrupciones, nada les preocupamos, nada les importamos, nada quieren saber de nuestras vidas.

Todos, desde el rey al último enchufado en cualquier oficina siniestra de las alcantarillas del estado, dicen ser nuestros representantes. «Quiero ser el presidente de todos los españoles». «Quiero ser el rey de todos los españoles». «Quiero ser el alcalde de todos los noieses». Así juran o prometen. Mas, como es bien sabido, dicen pero no hacen.

Reunidos ante el Concello me gustaría alzar la vista y ver a mi alcalde a nuestro lado, porque ha prometido o jurado ser el alcalde de todos los noieses. Lo cierto es que -¡maldita sea!- compruebo su ausencia y solo veo a tres guardias civiles al acecho. No vaya a ser que en un delirio de chochez extrema se nos ocurra quemar el consistorio.