La sombra de Diógenes

Maxi Olariaga NOIA / LA VOZ

BARBANZA

matalobos

11 feb 2018 . Actualizado a las 05:00 h.

Injustamente, los psiquiatras han divulgado que el síndrome de Diógenes consiste en la manía insana que los ancianos tienen de almacenar en sus destartaladas casas todos los desechos que encuentran. Diógenes de Sinope jamás se ocupó en ese menester, muy al contrario, despreciaba la posesión, la propiedad y hasta renegaba de cualquier comodidad que pudiese regalar su cuerpo, salvo el baño al que acudía cada día. Allí solía explicar su actitud ante la vida y desnudar a los hipócritas que, al igual que hoy por centenares, pasaban ante él luciendo sus ínfulas de buenas gentes limosneando notoriamente a los necesitados y consolando con palabras fingidas a las viudas y a los huérfanos que arrastraban su dolor, su miseria, su pena, su abandono y su desgracia por las infectas calles de la ciudad.

Diógenes no necesitaba nada, ni nada pedía. Tan solo la palabra, el tesoro de la palabra, para hacerla llegar a los desamparados y a los ricos. A los esclavos y a los amos. A los reyes y a los súbditos. Pero la ciencia, los sabios de hoy y de siempre, en lugar de escucharle y meditar su discurso, como suele suceder a la hora de emitir su juicio sobre los diferentes, (sobre todo los diferentes que conocen a fondo las perversiones de sus almas), con saña indisimulada, le adjudican el rol de loco perdedor, de fantasioso perverso, de ejemplo de lo que no se debe ser ni hacer. Pero, ya puestos, y aceptando esa despectiva función que los falsarios conocedores de almas le han otorgado, les confieso que a estas alturas de mi vida en las que el espíritu desciende irremediablemente a los infiernos, pasito a pasito, me estoy convirtiendo en un Diógenes y, de mis cada vez más escasos paseos bajo las magnolias y los camelios de la alameda, traigo a casa docenas de palabras, frases, voces y acentos que amontono bajo mi cama, tras las puertas de la cocina, en la terraza y sobre las alacenas.

No hace mucho que descubrí este tesoro que llevan los gorriones en sus cantos desafinados y los mirlos y las urracas en sus vuelos solitarios. De vez en cuando, aunque no se lo crean, un ángel salta de palmera en palmera llevando en sus alas el abecedario de los amigos olvidados, de los amores que siempre se frustraron y de los mayores a los que nunca hice caso en sus buenas intenciones para conmigo. Ahora, como ese Diógenes que inventaron los doctores, todo lo recojo con placer, lo oculto tras mis ojos en el fondo frágil de mi pobre corazón y lo disfruto en casa, abandonándolo en cualquier rincón una vez usado y abusado.

Cuando vengan a buscarme, si es que alguien notare mi ausencia, les costará abrir mi puerta. Tras ella, un muro de defensa alzado con millones de versos de Hernández, de Whitman o de Shelley hará muy ardua la tarea de quien pretenda invadir la casa de este viejo Diógenes del siglo XXI. Aún así, si lo lo lograren, toparán con una pared levantada con los salmos de David, el Evangelio de Mateo y el Decálogo de Jehová. Solo lamentaré no haber tenido nunca la ocasión de contestar a los reyes de la tierra lo que Diógenes respondió al Gran Alejandro cuando este, frente al barril en el que vivía, le ofreció cuánto deseara. «Si algo quieres ciertamente hacer por mí, apártate, Alejandro. ¡Me estás quitando el sol!».