Hace un puñado y medio de años, hablando de urbanismo, sentenció un amigo alemán: «Si quieres que reine el desorden, crea un complejo y oscuro sistema normativo». Acto seguido nos endilgó algo que nos dolió más: «A vosotros os gusta nadar en río revuelto, tan proclive a los amiguismos, atajos, favores y todo tipo de cambalaches». Aquel día me revolví como gata panza arriba, pero con el tiempo comprendí y asumí las sentencias del clarividente teutón. Es más, con el tiempo añadí algo de mi cosecha: en España, allá por el Siglo de Oro, no nació el subgénero literario de la picaresca porque Dios se levantase mal un día, sino porque somos un pueblo de pícaros.
Hemos progresado tanto en tan dudoso arte que el propio Estado asumió el rol de pícaro mayor del reino, algo que, por otra parte, se veía venir si tenemos en cuenta que la corrupción -eso sí, de puño blanco y cartera de piel- domina todos los ámbitos de la sociedad: desde la banca a los partidos políticos, desde la esfera privada a la pública.
Esta semana se hacía eco la edición de La Voz de Barbanza de un nuevo capítulo de picaresca estatalizada.
Costas, ese organismo que no ve diferencia entre Torremolinos y A Illa de Arousa, ha dado con una nueva fuente de ingresos: multar a los que estacionen en el dominio público marítimo-terrestre. Algo que casi todos podríamos compartir si esa zona estuviese debidamente amojonada o, por lo menos, con señales que alertasen sobre el asunto.
Pero claro, de esta forma no daría los pingües beneficios que da y aquí, no lo duden, se trata de recaudar. Lo otro les importa bien poco. ¿A quién les recuerda?.