Periodismo de algodón de azúcar


He de confesar que a los 15 minutos de entrar en la sala para ver la última cinta de Steven Spielberg, The post -como siempre, título pésimamente traducido en España por Los papeles del Pentágono-, la película ya le había pegado una patada, en mi clasificación mental, a la galardonada Spotlight de McCarthy. A la media hora ya había entendido cada una de sus nominaciones a los Óscar y, antes del fundido a negro que precede los créditos, me descubrí convertido en un forofo radical del periodismo de investigación que le gritaba desde la butaca a un Nixon ficticio: «¡Aún faltan Bernstein y Woodward!». Y no, el Watergate no cuenta como spoiler.

No soy tan ingenuo. Conozco muy bien el por qué del filme del 2015 que rompía una lanza por el trabajo realizado por la redacción especializada del Boston Globe, denunciando centenares de casos de pederastia en la Iglesia estadounidense, o de la suerte del manifiesto anti Trump de Spielberg. Es cierto que el periodismo -o el espacio que parece sobrarle al entretenimiento- no vive sus mejores momentos. La información ha ido devaluándose más rápido que el valor de una criptomoneda dispuesta a emular al Bitcoin y hay ocasiones en las que ya no recuerdo si fueron los lectores los primeros en demandar noticias basadas en absurdas listas de cosas que no puedes perderte, o si fuimos los periodistas los que pusimos el kebab en el menú de la pizzería.

He de confesar que hace tan solo unos días sufrí una de mis periódicas crisis de fe -sí, mi dispar espíritu santo lo componen Kapuscinski, Thompson y Meinhof- y me engañé a mi mismo repitiéndome que mi pluma no había servido para nada en todo este tiempo. Supongo que hay oficios que uno asume bajo un planteamiento de entrar, fichar, aguantar, fichar y salir. En nuestro caso, bueno, mi caso y el de incontables compañeros, no. Cuando escribimos un titular buscamos que las palabras lleguen más allá de la mirada del lector y se materialicen en hechos.

Sueño con ver un titular en portada que verse: «Rianxo tendrá centro de día». Sueño con que, dentro de años, una o un estudiante de los centros educativos por los que doy la lata constantemente me pare en la calle y me diga que, tras leer un Orgullo barbanzano, el ejemplo de superación de ese vecino de la comarca le inspiró para convertirse en lo que nunca creyó que podría ser. Mas también sueño lo totalmente opuesto, que alguien se me acerque y me diga que un duro testimonio que yo saqué a la luz le apartó de una senda oscura sin vuelta atrás. ¿Saben por qué? Porque contar buenas historias cuesta tiempo y duele al implicarse, el resto son solo dulces listas. Lo siento si venían a por periodismo de algodón de azúcar.

Por Antón Parada CIUDADANA

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