Astérix y los normandos

Estevo Silva Piñeiro SOSPECHOSO HABITUAL

BARBANZA

22 ene 2018 . Actualizado a las 21:15 h.

Cuando me entrego a evocar buenos momentos de mi infancia hay varios que vienen a mi mente como una exhalación. El pasado día de Reyes, por ejemplo, era especial. Salíamos por la mañana temprano mis hermanos, mis padres y yo a recorrer Boiro en un Seat Panda rojo para saquear como vikingos a nuestra numerosa familia y horas después regresábamos a casa en ese drakkar figurado repleto hasta los topes de todo tipo de juguetes. Ventajas de ser los más pequeños de una familia grande. Ese momento mi mente lo recrea con ternura.

Pero si hay un momento que realmente tengo grabado a fuego en mi interior es el de desayunar, merendar o cenar mientras devoraba las historias de Astérix con más voracidad que la propia comida. A día de hoy reconozco la asombrosa influencia que la irreductible aldea creada por Goscinny y Uderzo tuvo en mi forma de crecer y de ser. Las aventuras del pequeño galo y su orondo amigo Obélix, al antihéroe por antonomasia y auténtico protagonista al menos para mí, me introdujeron a porrazo limpio en un mundo de comedia, historia y aventuras.

Si el día había sido feliz se celebraba con los galos; si había sido difícil, se ahogaban las penas con un Cola Cao y un paseo por Roma, Helvetia o Bélgica; si en la cena había huevo cocido, este salía volando por la ventana de la casa de calle Bao y aterrizaba en la terraza de Jeloal cuan menhir de Obélix… entre esas páginas maravillosas hallé la felicidad y una formación adicional impagable aconteciese lo que aconteciese en el exterior. Padres, no duden en meter a los galos en su casa. Sanan.