Espíritu navideño

Alicia Fernández LA CRIBA

BARBANZA

16 dic 2017 . Actualizado a las 05:00 h.

Ya les tengo comentado otros años que a mí me gusta la Navidad. Con su parte buena y su parte mala. Mucho de la tradicional y menos de las nuevas tendencias. Me gustan las cenas y los almuerzos familiares, los reencuentros con los amigos, que la gente -en general- tenga mejor humor, las comidas típicas de este tiempo, las discusiones de sobremesa, la fiesta de Año Nuevo, la ilusión de la noche de Reyes e incluso, si me apuran, hasta compro en el mismo paquete a todos los cuñados del mundo.

Me disgusta que ya nos impongan la Navidad cuando tienes a medio guardar el bikini, el exceso de consumo y su incitación o el fariseísmo de unos cuantos. Respeto a los que aborrecen estas fiestas y tan solo desean que pasen lo más pronto posible. Que se enclaustran en casa para evitar alumbrados, villancicos y desfiles. Aunque, la verdad, nunca he alcanzado a comprender sus motivos, que me parecen legítimos, pero poco consistentes.

Hace tiempo que en España la Navidad ha perdido el sentido religioso para una amplia mayoría de ciudadanos. Ha ganado terreno el sentido lúdico que las interpreta como fiestas de invierno. En el tiempo quedan la concurrida Misa del Gallo de Nochebuena, la adoración del Niño al día siguiente, el jolgorio de la misa de Reyes o seguir, primero por la radio y más tarde por la televisión, la bendición urbi et orbi. Seguro que la jerarquía católica está dolida porque las superficies comerciales se han apropiado de su invento y que Papá Noel le gane por goleada a Sus Majestades de Oriente. Pero con todo pienso que la Navidad, si no existiese, habría que inventarla ¡Felices fiestas en compañía de familia y amigos!.