103 años de soledad


Cuando comienzan a marchitarse las agendas. Cuando de su tronco de badana se desprenden agonizantes sus hojas ahítas de días y de horas. Cuando el frío congela las mentiras, las sonrisas falsas, los besos muamuá y los abrazos de lodo, uno se enfrenta al tiempo que como agua robada se escapa entre los dedos. Una hemorragia incontenible, una catarata de tinta y papel que se precipita desde lo más alto de la vida hasta el valle de los muertos. Entras en casa y tienes que barrer unas hojas de febrero o de abril que, bailando un vals herido, acaban de desvanecerse sobre la alfombra. Sales a la calle y tus botas de siete leguas, se convierten en dos losas pesadas como el plomo de las enaguas del cielo. Con dificultad, apartas a tu paso hojas de junio, de agosto, y pisoteas sus anotaciones, sus esperanzas, sus lágrimas y sus citas felices. También a tu paso, aplastas funerales, cumpleaños y bodas y con la lluvia seca de este invierno, se van las malas horas y los tres o cuatro éxitos logrados en un campo de batalla sembrado de pólvora, de sudor y de miedo.

Cuando todo esto ocurre, cuando el viento arrastra las semanas muertas como la mar acuna a los náufragos e irremediablemente en volandas las sepulta en lo más profundo del precipicio del año viejo, entonces recurro a los sabios. Ayer, ya al borde del acantilado, recordé a un redentor olvidado. Nuestro Gabriel García Márquez que se nos murió de una borrachera de soledad sobre una cruz de metáforas, extenuado por la dieta de sintaxis a la que sometió su vida inalcanzable para la oscuridad del mundo. Recordándolo, repentinamente, comprendí su primera profecía, su primer aldabonazo en el frágil portón de mi pobre alma. «Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo». Y me di cuenta de que el padre podría ser una madre y de que todos tuvimos a alguien que nos llevó a conocer el hielo, porque el hielo no era otra cosa que la vida que sin permiso había comenzado «una tarde remota».

También entendí en esta canción final, mientras contemplaba como el árbol de mi agenda se desmoronaba en medio de la sala que, al igual que usted, yo también había nacido para rematar mi vida frente a un pelotón de fusilamiento que cada día se mira en el espejo de un paredón de siglos. Un muro de cristal ensangrentado sobre el que se deslizan perseguidos por la fiebre de la inocencia los días de la infancia, aquellos en los que alguien nos llevó a conocer el hielo. Después acudí a mi sabio de Macondo como acudió Edipo a desmoronar el acertijo de la Esfinge, pero Gabo me propuso: «El mundo era tan reciente que muchas cosas carecían de nombre y para mencionarlas, había que señalarlas con el dedo».

Ahora, mientras el año se desploma en las baldosas, comprendo que estoy vivo y que los 100 años de soledad que el viejo sabio me legó en herencia unívoca, se han convertido ya en 103 desde su muerte en 2014. Asomado a la galería de mi Macondo privado, me dejaré ir hacia los volcanes de jade en los que por primera vez descubrí el hielo y, en la lejanía, adivinaré como asoma tras la aurora boreal, el año 104 de mi soledad.

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