Algo más de 19.000 perros figuran registrados en la comarca y la cifra, afirman policías locales o representantes de protectoras, seguramente es superior porque a nadie se le escapa que hay muchos cuyos dueños han pasado por alto la obligatoriedad de colocarles un chip. Poseer esta mascota se ha convertido en una moda, basta con salir a la calle para comprobar que cada vez son más las personas que transitan acompañadas por el denominado mejor amigo del hombre e, incluso, hay jóvenes que hacen quedadas con sus canes. Hasta ahí, todo correcto. Sin embargo, es necesario establecer los límites de la convivencia.
Lo comentaba hace una semana Alicia Fernández en su columna y yo me sumo a sus palabras. Uno va caminando tranquilamente y, de pronto, un perro suelto se acerca a toda pastilla o pasas a su lado y se te arrima para curiosear. Llega entonces la consabida frase, repetida como un talismán: «Tranquila, no hace nada». No tengo porque dudar de la veracidad de las afirmaciones de la persona que acompaña al perro, pero tengo mi legítimo derecho a asustarme porque, para empezar, el animal y yo no nos conocemos de nada.
Puede que sean inofensivos, pero a mi me dan más seguridad esos ejemplares que, aunque sea sin correa, caminan junto a su dueño y cuando pasas por su lado ni levantan la cabeza para mirarte. Los que ven a un desconocido y comienzan a husmearlo o, insisto, a correr en su dirección, me producen inquietud, aunque sean unos angelitos.
Una de dos, o falla la educación del animal o el pobre está falto de cariño y lo busca en cualquiera que pase por la calle. No hace mucho tiempo presencié una escena que me dejó perpleja. Dos ciudadanas charlaban en la calle y una de ellas iba con un perro. Aparcó un coche y, cuando se abrió la puerta que daba a la acera, el animal no dudó en darle un repaso al ocupante que se bajaba del automóvil y, en cuanto este se apartó, en meter su cabeza en el interior del turismo. Interrumpió su conversación la dueña para afirmar, como no: «Tranquilo, no hace nada». Bueno, para empezar pretendía meterse en el coche sin haber sido invitado, no sé que sucedería si el automovilista hiciera lo propio en la casa de la susodicha.
La frasecita tiene su miga porque, ¿significa que acaso debería hacer algo el can, pero que es muy respetuoso?, o quiere decir que como no muerde puede dejársele campar a sus anchas. Yo me pregunto si este modelo de conducta es extrapolable a otras posibles mascotas. Porque no hay que olvidar que animales domesticados hay muchos, no solo perros y, digo yo, todos tendrán el mismo derecho a salvarse con la frase: «Tranquila, no hace nada».