La herida luminosa es una obra de teatro del poeta catalán Josep María de Sagarra (1894-1961) que llevó al cine José Luís Garci en 1997. La primera vez que leí u oí este título, pensé: eso es el cine. Una herida luminosa. Un relámpago que limpia el alma. Acaba de clausurarse en Noia nuestra ya clásica cita con la Mostra de Curtas, y la herida luminosa sigue abierta e incurable. Y seguirá mientras la autoridad no lo impida y la gente del arte resista defendiendo las almenas de este castillo en el que se protege de los desmanes del mundo, al mayor espectáculo de todos los tiempos.
El cine es una herida luminosa que sangrando sobre las gasas de la pantalla, nos abduce y nos lleva a tierras y mares lejanos, a duelos del alma y a alegrías inesperadas que, sin saberlo, anidan en nuestro espíritu desde el día en el que los primeros humanos respiraron conscientemente la trágica y resuelta atmósfera de la belleza. El cine es la gran traca final con la que las musas homenajearon a todas las artes, abarrotaron el cielo de fuegos artificiales y compendiaron en una sola labor el delicadísimo bordado que tejían en las mentes de aquellos a los que, con su dedo de oro, señalaban el camino.
La pintura, la escultura, la danza, la arquitectura, la música y la literatura que, hasta aquel día de fiesta en el Olimpo, nos bautizaban cada mañana, calmaban nuestra sed y llovían de los cielos como el maná en el desierto de Moisés, fueron reunidas por la mano sabia de los dioses y licuadas en el abrasador corazón volcánico del cine. La batalla fue dura. En los primeros días, aunque los salones se llenaban para ver La salida de la fábrica o La llegada del tren de los Lumiére, los profetas oscuros del infortunio, vaticinaron su desaparición: una moda pasajera sin futuro alguno, decían los de siempre. Aquellos que se negaban al menor progreso, aquellos que seguían protegiendo la esclavitud, la segregación racial, la inferioridad de la mujer con respecto al hombre y tantas y tantas cosas que hasta el día de hoy sobreviven en esa bestia de vientre oscuro y ojos de hielo que se incorpora al progreso después de intentar evitarlo por todos los medios a su alcance. El cine -¡gloria al cine!- gracias a su popularidad y fácil acceso a toda clase de gentes, desnudó a esos corruptos y expuso en el blancor de una pantalla de lienzo, todas sus podredumbres, sus latrocinios, sus abusos y sus flaquezas.
La herida luminosa llagó para siempre sus cuerpos perfumados, sangró sobre las sábanas de seda que ocultaban sus estupros y penetró en la caja de acero en la que guardaban las inmundicias de sus almas. Y todo ello acunado por la arquitectura, la poesía, la escultura, la música, la pintura y la danza. El cine nos liberó de las cadenas con las que los desalmados nos esclavizaban. Por eso ellos quisieron poseerlo, domarlo, encerrarlo en sus fosas sépticas y ofrecérnoslo como alimento cotidiano y vulgar. Se equivocaron. La gente del cine, la que guarda la antorcha que encendieron las musas, sigue adelante denunciando, acusando y mostrando las miserias de aquellos que con su poder omnímodo, pretenden perpetuarse en sus fétidos despojos. La herida luminosa cada día se agrava más. El cine y sus gentes, las que de verdad lo aman, nos salvarán.