Sé un puto hombre


De adolescente era débil y me interesaban «cosas de débiles» como los libros. Ser considerado débil cuando eres un chico es una forma de morir, una pesadilla. Porque si tienes pene se espera que seas fuerte, que escales la montaña de la autoestima y orines carcajeándote sobre los que suben detrás. Es un estigma que arranca en el colegio y del que nunca te libras, vuelve a ti cada poco, como los 80. Se ve en los adultos. El «si fuera yo le metía una hostia», «yo me la hubiera follado». Todo ese ridículo teatrillo, esa ópera-bufa de hombría trasnochada funcionando como acto compensatorio para esconder simas de fragilidad soterradas en el subconsciente. Lo hacen porque uno no puede permitirse parecer débil frente al clan. Ante un problema emocional solo cabe esperar una respuesta: sé un puto hombre.

No llores, no te emociones con mierdas, no hables de tus sentimientos, no escuches a las Spice Girls. Sé un puto hombre. Duro, adusto, severo. Prohibido tener miedo. Habla a voces de tus conquistas o de cómo acojonaste a aquel tío con tu mirada del tigre. ¿Qué coño Dalí? Tú derrapa con la moto, tronco, que eso las vuelve locas…

Crecemos dentro de un concurso, un reality-show testosterónico socialmente aceptado que nos fríe el cerebelo de tal forma que interiorizamos que viril es el tipo que asusta ancianas, no el que las ayuda a cargar la compra. La neblina de fingir que siempre estamos preparados para la batalla unga-unga no nos deja ver que el hombre real debe ser amable, compasivo, que el puto hombre es solo un hombre puto.

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