A mi padre


A Ulises hubo que amarrarlo al mástil para que no sucumbiera al canto de las sirenas. Mi mástil, sin embargo, es demasiado pequeño para amarrarme y, cuando navego frente a la Librería Cronopios, me dejo seducir por el sordo murmullo de la tinta impresa. Entro y salgo de allí con un libro, aunque ese día me quede sin cenar para compensar el «gasto».

-Tío, yo en mi eBook tengo gratis las obras completas de todo occidente ¿pero quién compra libros ahora? -suele preguntarme el que va conmigo.

-Pues yo.

Yo, un viejo adolescente, al que el olor de la tinta y el tacto del papel lo traslada a Ogigia, la isla de la ninfa Calipso, donde no importa el tamaño del mástil. Lo siento, esos fríos y livianos libros electrónicos con la biblioteca de Alejandría dentro nunca lograrán hacerme sentir lo mismo.

Lo quiero tangible, pesado, lo quiero para colocarlo en la biblioteca que ha sido siempre mi habitación, extensión de mí mismo. En su lugar, ahí entre Tolkien y Bukowski. Reabrirlo, subrayarlo, mancharlo de lágrimas o de salsa de tomate. Sin necesitar enchufes, útil para cuando me fugue a vivir desnudo a la Curotiña, a leer entre lobos y tirar piedras a los alpinistas.

Ser un voraz lector es, quizá, mi única y más querida virtud. Se la debo al hombre que cada Día del Libro nos regalaba uno. Yo, a cambio, solo le he devuelto furtivos fardos cargados de decepción. Un hombre que más que enseñarme cómo vivir, vivió y me permitió ver cómo lo hacía, con toda la integridad del mundo y un libro en la mano. Lo del libro lo he aprendido, en integridad nunca alcanzaré a mi padre.

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