Desde el sosiego que otorgan los dos meses transcurridos desde la celebración de las fiestas de Boiro, quisiera hacer un par de reflexiones sobre las mismas. Antes de entrar en el meollo del asunto manifestar que pretendo hacer una crítica constructiva, que valoro el trabajo de las personas que componen la comisión, pero ello no puede ser óbice para aportar opiniones o ideas diferentes.
Así, por lo de pronto creo que los festejos de nuestro municipio se han quedado anclados en el pasado, pero ni tan siquiera un pretérito cercano, que ya nos gustaría a quienes lo vivimos rememorar los sábados de Boiro en Marcha, sino más bien el indefinido. Son con diferencia los festejos más anodinos de la comarca. Siempre lo mismo: casi la totalidad del presupuesto en orquestas y poco más. Fuera de eso, el día de las peñas que nació y crece totalmente al margen de la comisión y el Concello. O la degustación popular donde los vecinos de A Boliña y el Centro Social tienen los méritos.
No hay sesiones vermú, no hay actividades nuevas, no hay conciertos de rock o folk (en un municipio que aporta componentes a los mejores grupos de la comarca), no hay torneos deportivos, casi no hay charangas… Y eso que son solo cinco días de fiesta. Comparen con Ribeira, A Pobra, Noia… ¡y ya no te digo Rianxo! Que a sus festejos tradicionales han ido sumando nuevas iniciativas para disfrute de sus vecinos y atractivo de visitantes.
Este programa podría ser válido hace cuarenta años, pero no hoy. Por eso, exceptuando el lunes, parece que solo hay fiesta a partir de las diez de la noche ¡Que hay vida más allá del «Panorama, oé»!