La increíble mochila


Ya era un señor, aunque no siempre lo había sido. Viajaba constantemente de lugar en lugar, de persona en persona, sin rumbo fijo. Desayunos en la cafetería de la estación, esperas, buses, retrasos, aeropuertos, gente… Solo una cosa permanecía constante: la enorme mochila que cargaba. En esa inmensa mochila, que era incapaz de abrir, creía recordar que una vez metió algo suyo. Hacía demasiado tiempo guardó dentro algo que le pertenecía, quizá algo que lo definía, quizá un sueño. Y, aunque no se acordaba qué demonios había en su ciclópea mochila, se preocupaba mucho de no perderla pues debía contener algo valioso para él.

Un día, aterrizando en algún aeropuerto o en algún corazón, fue a buscar su mayúscula mochila y de la cinta de maletas no salía nada. Esperó y esperó, pero la superlativa mochila no aparecía. ¡La había perdido! Entonces, el señor que no siempre había sido un señor, se sentó en un banco y comprendió que ya no había mochila.

¿Cómo iba a seguir viajando ahora? Terminaba una parte de su vida. Había extraviado el único objeto que podía recordarle quién era, para qué era. Se dirigió al bar más cercano y pidió la muerte como quien pide tabaco. Pero el camarero, Juan Plaza, le puso una caña y el hermoso azul del cielo entraba por la ventana.

Y dijo el señor: Puede que el viaje haya terminado, a lo mejor alcancé mi destino. No tendré que seguir arrastrando esa gran mochila. Ahora solo me tengo a mí, esta cerveza y el aire de mis pulmones. Hoy… ahora… ¡soy verdaderamente libre!.

¿Qué significa? ¿Qué es para usted la mochila, querido lector?

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