¿Dónde nos perdimos?

Alicia Fernández

BARBANZA

El jueves, como muchas personas más, cursé visita a la romería que se celebra en la parroquia de Bealo (Boiro). Siendo de mañana, para acompañar el café con leche, me acerqué a uno de los puestos y le pedí un euro de churros. Aunque el tamaño del cucurucho de papel ya me puso sobre aviso, no pude reprimir un gesto de pasmo cuando me lo entregó con cuatro escuálidos churros en su interior. Que para más inri, según comprobé a continuación, eran aceitosos y una textura más cercana a una gominola que a un crujiente churro. Ya picada en mi curiosidad indagué también el precio del cucurucho de patatas fritas, que fluctuaba entre dos y tres euros (por unos míseros cien gramos).

En ese punto, a pesar de poner a ello todas mis neuronas, no atiné con el algoritmo que traslada un kilo de patata de Xinzo -a pesar del precio histórico de este año, que roza los 40 céntimos- a diez raciones por 25 euros de vellón de media. Que no eran de A Limia si no de una multinacional líder mundial del sector que limpias, cortadas y prefritas se las pone por debajo de los dos euros el kilo. Lo que hay en medio es un agujero negro por el cual se cuela el consumidor.

¿Dónde perdimos la razón yendo a parar a un mercado con precios ajenos al sentido común? ¿Por qué puedo desayunar en Portugal un café -bien hecho- con un pastel XL por 1,60 euros y en España debo pagar 3? En muchas ocasiones con un mal café. O 2,20 si me lo acompañan de un cruasán más seco que la mojama. Estos solo son un par de ejemplos, pero hay muchos más que ustedes, a buen seguro, pueden enumerar.