Quizá aguardasen otro tema para la columna de hoy -sí, soy un tío tan optimista que me creo que alguien aguarde algo de mi columna-, pero les voy a ahorrar mi disertación sobre los hechos de Barcelona porque ya se han dicho mamarrachadas suficientes como para añadir mi nombre a esa lista.
Así que hablemos de un tema que está trayendo cola en las playas de la comarca. Un problema que ni es de ayer ni es exclusivo del verano y que parece que este año se percibe con mayor virulencia. Les cuento una breve historia: Estaban dos hermanas boirenses en el arenal de Barraña la pasada semana cuando una bañista se les acercó para advertirlas de la presencia de vigilancia. Las hermanas, sorprendidas, contestaron que ellas eran del pueblo y que conocían perfectamente la prohibición de mariscar, añadiendo que había multitud de familias que vivían de esa playa.
La mujer, desconcertada por el giro de los acontecimientos, les dijo. «Sí, unas ochenta familias ¿verdad?». Son al menos el doble, señora. Con la misma se escabulló diciendo: «Era por si estabais cogiendo, que yo no». Ese mismo día estas hermanas pudieron ver como otros dos individuos se llevaban un saco repleto de marisco ante la impotencia de las vigilantes.
Es fácil acercarse al arenal y comprobar cómo se esquilma a manos llenas. Turistas y vecinos. Y no seré yo el que diga que no me gustaría coger de vez en cuando un cubo de berberechos para prepararme un arroz de muerte, pero somos lo que somos, depredadores insaciables que esquilmamos todo cuanto podemos.
La playa, como la tierra, para el que la trabaja, mangantes.