Aviones de papel

Francisco Brea
Fran Brea CRÓNICA

BARBANZA

Es verano y eso se nota en las calles de Barbanza, que están llenas de gente. Por supuesto, también las playas de la comarca presentan un buen aspecto de bañistas, pero las rúas y los parques de los cascos urbanos son un hervidero de vecinos y turistas que aprovechan que la lluvia no hace acto de presencia para pasear y ocupar las terrazas de los locales hosteleros. Mientras los padres están a lo suyo, charlando con amigos, leyendo el periódico o simplemente tomándose un respiro, los niños juegan. Lo hacen al aire libre, lejos de videojuegos y tecnología. Los pequeños se tiran por toboganes, se suben a los columpios y a los balancines, dan patadas a una pelota y corren de un lado para otro.

Los chavales se divierten y, lo que son las cosas, se ilusionan con un trozo de papel. En las últimas semanas, no puedo negar que me ha llamado la atención ver como en Ribeira muchos niños cogían un folio para hacer los clásicos aviones. En una época en la que parece que viven pegados a un móvil, una tableta o una consola, las aeronaves de papel vuelven a estar de moda. Al principio pensé que sería un caso aislado, un par de pequeños a los que sus padres le habrían hecho el avión para explicarles que cuando la tecnología actual era todavía algo impensable, se entretenían con lo que tuvieran a mano. Pero no fue así, porque al día siguiente vi más. La plaza del Centenario es un lugar de juego muy recurrente y desde hace una temporada es raro que no se cruce en mi campo de visión alguna aeronave surcando los cielos y, en consecuencia, los chavales detrás mirando impresionados lo lejos que cae.

Si es que el mundo avanza, pero algunas cosas son como los viejos roqueros y nunca mueren ni pasan de moda. Los spinners pisaron fuerte en su momento y ahora parece que ya están olvidados. Las novedades están bien cuando son nuevas, otra cosa es que consigan mantenerse sin caer olvidadas en un cajón.

Reconozco que ver a los pequeños lanzando aviones de papel me gusta. Ilusionarse con las pequeñas cosas es algo impagable. Quien es capaz de vivir con esa mentalidad tiene más opciones de ser feliz. No hay que conformarse y siempre es recomendable trabajar para mejorar y prosperar, pero disfrutar de los placeres más minúsculos como si fueran enormes evita que se avinagre el carácter de una persona. Yo, por lo menos, así lo creo y por ello intentaré seguir siendo un niño cuando la situación no requiera lo contrario.