Magda


Magda tenía un don. Y un cascabel. Un cascabel de oro que convocaba a las gentes cuando su canción sobrevolaba los tejados y las calles de Noia. Era de esas personas que poco a poco se van extinguiendo en el mundo. En Noia deben sobrevivir cuatro, cinco como mucho. Gentes que tienen el don, el beso de un ángel en medio de su frente que las hace únicas, irrepetibles. Y tenía un cascabel en el que guardaba su alegría, su familia y su trabajo para no dejarse ir sin aportar nada a la vida. Eran invisibles pero Magda, como Campanilla el hada de Peter Pan, también tenía dos alas que desprendían oro molido para refinar los corazones detenidos en el abatimiento y la abulia.

El actual «cómo ser mujer y no morir en el intento», ya Magda lo predicaba en aquellos días sin futuro. Sabía que no había un minuto que perder y, cuidada su familia y su peluquería, se iba al Coliseo a ensayar con su elenco, a bailar, a interpretar, a dar sentido a las horas monótonas que conformaban la vida. La primera vez que fui al teatro, Magda dirigía Me casó mi madre o las veleidades de Elena, de Carlos Arniches. Viví un milagro a mis 10 años y me enamoré para siempre del arte. Magda movía aquella comedia en el escenario con la autoridad de quien tiene un don. Lo tenía. Un día se lo llevó al sur, tal vez porque se encontró con el verso de Benedetti: «El sur también existe». Pero nos dejó una historia. La mayoría no dejamos nada. Magda, sí. Era un verso en busca de poesía. Ahora sus hijas nos la devuelven convertida en aquel oro molido que son sus cenizas para descansar entre nosotros. ¡Cuánto te hemos amado, Magda! Gracias por darnos tu vida.

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