Llevo días dándole vueltas a la posibilidad de dar un giro de timón en mi vida. Los giros de timón son esos momentos puntuales que hay que tomarse muy en serio, porque aunque la vida transcurre entre buenas o malas decisiones también tiene un componente azaroso al que nos tenemos que exponer. Supongo que es eso a lo que llamamos riesgo.
Y si divago con este tema es por que hubo esta semana una luctuosa noticia que me perturbó profundamente y que me lleva a replantearme muchas cosas. Me refiero, ya se imaginaran, a la violenta muerte de una mujer en Triñáns. Pero no pretendo ahondar en este tema en sí mismo, ni tengo interés ni autoridad y mucho menos conocimiento de los hechos más allá de lo publicado en los medios. Pero conozco al presunto autor, o al menos lo conocí levemente en otro tiempo muy lejano.
Tocaba la batería con cierta soltura en un grupo coetáneo al nuestro. No lo recuerdo como un mal tipo, al contrario de lo que le he escuchado a algún declarante en la televisión. Sin duda fue un mal giro, una mala decisión como las miles que tomamos en nuestra juventud, la que marcó a hierro su camino. Acciones de poca trascendencia en el momento, pero que se vuelven avalanchas imparables. Después llegan los monstruos… con esos no es fácil convivir. Llegan para quedarse o para ser desterrados traumáticamente.
Cada uno vive la vida a su manera o quizá sea la vida la que nos vive a nosotros. Y disculpen si continúo con mis tribulaciones pero no puedo evitar empatizar con la víctima, con el presunto culpable, y con la mariposa que aleteó en el momento en que ambos giraron.