Fue en 1911 cuando se proclamó el primer plan de casas baratas, al que sucedieron nuevas leyes de 1921, 1939 y 1954: viviendas higiénicas para españoles de renta limitada. Muchas localidades gallegas tuvieron la suerte de que el estado les construyera barrios enteros de casitas humanizadas, normalmente de planta baja. La construcción de conjuntos enteros bajo un único proyecto, arquitectónico y urbanístico, dieron lugar a esos pequeños barrios homogéneos, armónicos, con criterio de igualdad, todas ellas con los mismos materiales y colores -normalmente blanco-.
Años después, tras la expansión de las ciudades, fueron absorbidas por la construcción masificada y hoy las podemos ver en medio de la marabunta, un oasis en medio de la selva, en la que cada uno construyó el edificio con materiales y colores distintos, un conjunto nada armónico en el que destaca flamante el conjunto de vivienda pública. Fue casi el único ejercicio de urbanismo programado y coherente. Fue realmente el único ejercicio de promoción de vivienda pública, a precio razonable pensado para familias humildes.
Los planes urbanísticos de calidad las protegen y no permiten alterar el conjunto, pero la mayor parte de los planeamientos las ignora, las mete en la misma bolsa que el resto y aparecen las primeras alteraciones: más altura y materiales nada integrados en el conjunto. Esta es una llamada de atención para que los planes preserven la homogeneidad de esos barrios, por calidad urbana y por memoria, por patrimonio, también por recordar que la promoción pública existió. Son parte de nuestra historia moderna.