Cada año más boirenses se hacen esa pregunta. La mala gestión en la ubicación de las atracciones y de los negocios ambulantes de venta enerva cada vez más los ánimos. Parece que durante estos quince días, los únicos con derechos son los feriantes, ante la permisividad de las autoridades locales.
Vaya por delante que los ciudadanos, por sentido común, entienden que las fiestas constituyen una alteración de las condiciones normales del pueblo y, por tanto, molestias. Pero cuando estas últimas son muchas y perjudican, bien sea socialmente o económicamente, a una mayoría, que en vez de disfrutar sufre las fiestas, es hora de racionalizar y priorizar.
Andan enfadados los titulares de puestos del mercado municipal, la ABE, los empresarios del polígono, casi todos los comerciantes, los ciudadanos con dificultades para acceder a sus garajes, los que sufren el exceso de ruido. ¡No es el berrinche de uno! Lo triste es que muchos de estos inconvenientes se arreglan poniendo sentido común y escuchando a los ciudadanos. Es mejor anular o reubicar unos cuantos puestos a que la mayoría de vecinos apueste por sacar todos del casco urbano. No se pueden taponar cruces, invadir pasos de peatones, anular cargas y descargas, tapar negocios, convertir las calles en laberintos o infringir muchas normas de seguridad vial que durante el año se aplican con excesivo celo a los boirenses.
Ya puestos, meto baza en el asunto de las orquestas. Hay mucho donde escoger como para tener que contratar a una señalada por fraude fiscal y porque sus galas contra el cáncer fueron un camelo. Fiestas sí, pero para todos y con organización.