Guerra


En los viejos días de cine en el coliseo Noela, entre el rumor de los besos y el crujir de los cacahuetes, tras las colinas del Far West, en la pantalla resonaban siempre tambores de guerra. Hoy, desde el otro lado de la mar, traídos por el viento del sur o escupidos por los telediarios, una y otra vez, desde Vietnam hasta Siria y desde Yugoslavia hasta El Congo, los tambores siguen interpretando su trágica partitura de mal agüero. Nos hemos acostumbrado de tal modo a percibir su eco saltando de cordillera en cordillera al otro lado del horizonte, que vivimos con su lamento de sangre injertado en los tímpanos sin que esto nos produzca infección ni malestar alguno.

Ahora, ese eco desafinado, llega bailando sobre las olas desde la civilizada USA gobernada por un mozalbete caprichoso que parece pasarse el día jugando a quien la tiene más grande. La bomba, claro. Este malcriado a quien los ciudadanos de su país le han entregado la égida cibernética, habla y gesticula como aquel niño que en mi escuela era el dueño de la pelota y, si la cosa no iba bien, paraba el partido y se marchaba enfurruñado a su casa dejándonos sin divertimento en el recreo.

Peligro, peligro, peligro. La humanidad, la historia lo dice, somos muy proclives a la autodestrucción, a provocar toda clase de pestes y a usar el poder y la fuerza contra los débiles. Tal vez esté cerca la traca final. Desde luego, lo estamos poniendo fácil mientras reímos y cantamos al son de la flauta de Hamelín. Recuerdo una frase de Albert Einstein: «No sé qué armas se usarán en la tercera guerra mundial. Pero puedo decirle cuáles se usarán en la cuarta. ¡Piedras!». Sin comentarios.

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