Las diferencias entre el párroco de Boiro y la Irmandade se dejaron notar en la escasa asistencia a los actos organizados por el cura
16 abr 2017 . Actualizado a las 05:00 h.La Amargura le metió un tanto a la Soledad, que avanzó el Jueves Santo por las calles de Boiro más sola que nunca. Las imágenes solían ir de la mano, pero la división entre el titular de la parroquia de Santa Baia y la Irmandade do Cristo da Misericordia hizo que este año, por primera vez, fueran separadas.
La procesión encabezada por el sacerdote fue la primera en salir, con la virgen de la Soledad a cuestas y una asistencia considerablemente mermada en comparación a otros años, al igual que en los actos celebrados en el interior de la iglesia. La arroparon casi un centenar de personas, prácticamente una tercera parte de las que se reunieron luego con la Amargura, aunque los momentos previos a su partida estuvieron cargados de tensión.
Entre los cofrades de la Irmandade, que esperaban en el local que tienen en frente a la iglesia a que acabase la liturgia del lavatorio de pies (a la que asistieron solo una docena y media de personas) para iniciar la marcha, había el temor de que el sacerdote pudiera alargar la misa más de la cuenta para aguarles la Semana Santa. Algunos, decían, estaban decididos a entrar y sacar la imagen a la fuerza si era necesario.
No hizo falta llegar a esos límites, ya que la misa se extendió solo unos minutos más de lo previsto y la Amargura acabó saliendo con un cura de prestado que sustituyó al de Boiro.
Las antorchas, un peligro
Otra de las anécdotas de este divorcio procesional fue la que tuvo que ver con las antorchas que portaban los nazarenos de la Irmandade do Cristo da Misericordia. Resulta que a la media hora ya se habían consumido y hubo quien se llevó un susto, porque en muchas que acabaron en el suelo el material inflamable hizo que resurgiera la llama y cerca estuvo de hacer arder alguna túnica y de dar un disgusto al público que presenció el acto.
El Viernes Santo las aguas volvieron a su cauce para celebrar la Pasión. Y, aunque una vez más, la asistencia al templo para el desenclavo fue menos que la habitual, tras él vino la procesión del Santo Enterro, en la que se enterró el hacha de guerra entre la feligresía boirense. Los miembros de la Irmandade y el rebaño que sigue al pastor caminaron juntos de nuevo, después de aparcar una confrontación inicial sobre cómo establecer el orden en la que salía este último paso de la Semana Santa en el municipio.