Resaca


Soñaba que Lola Flores había resucitado. Pero, cuando abrí los ojos, parecía que fuera yo quien había estado muerto. Tanto tiempo apartado de los rigores de la noche hizo que los bombones con alcohol me sentaran fatal. De nuevo me enfrentaba con esa dominguera enemiga llamada resaca, que reclamaba mi alma poniendo una bola de plomo en el centro de mi cerebro. «¡Penitenciagite!»

El karma hace que cuando tengo resaca me sucedan más contrariedades que en los días normales. Fui a coger una cucharilla para «remexer» el ibuprofeno, un utensilio atascaba el cajón y no se abría. Enfadado con el cajón, di un mal golpe a la mesa y tiré el vaso con agua. Agua que pisé en calcetines, dejando huellas por todo el piso, porque no era capaz de procesar cuan conveniente sería quitármelos… pero cuando sentí la crueldad de la existencia, la auténtica soledad, fue en el baño. ¡Solo en casa y se me acaba el papel de váter!

Sentado en el trono titubeé un fragmento de Macbeth «…cada nuevo amanecer, gimen otras viudas, sollozan otros huérfanos, más sufrimientos golpean la faz del cielo…» Desolado por la resaca y los males del mundo dejo la mente en blanco, una antiquísima tristeza me inunda. Si existo, pienso luego. Tras veinte minutos inmóvil dentro de la ducha me acuerdo de encender el agua, que se marcha sucia por el sumidero, como mi vida. Cama, culpa, pizza, Amy Winehouse… Al final el día pasa. Lunes el corazón amanecerá con otra cicatriz, pero amanecerá. Desde entonces no me quito a Lola Flores de la cabeza, qué ojazos tenía, ojalá hubiera resucitado, ojalá no hubiera despertado.

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