Es inevitable que una jornada de lucha no vaya acompañada de los típicos comentarios reaccionarios. Sería algo similar a intentar encontrar un suceso narrado audiovisualmente en el que la vecina o vecino de turno no pronunciase: «Era una familia normal, siempre saludaban en el portal». Durante mi época de estudios, llegué a conformar un auténtico catálogo que anotaba desordenadamente en una libreta, para nunca carecer de una respuesta que estuviese a la altura de la demagogia con que se hubiera formulado dicha objeción.
Sin duda alguna, mi favorita siempre ha sido la de: «Para tener derecho a protestar antes tienes que haber trabajado». Sí claro, el trabajo eleva las virtudes del ser humano, nos hace cumplir con el contrato social rousseauniano y ayuda a que te saluden con normalidad y orgullo en la entrada del piso. Pero de esa afirmación también se extrae el dibujo de una situación vivida ayer en la comarca: la huelga de estudiantes no fue tan mayoritaria como pudo haber sido o como se demostró en anteriores convocatorias. Una de las múltiples razones radica en la baja participación registrada en los estudiantes de primero y de segundo de ESO. Ellos no podían tomar la decisión de secundar el paro educativo, ya que debían contar con el permiso de sus tutores legales. Mas ese hecho no implica que las decisiones políticas contra las que protestaban sus compañeros de mayor edad no vayan a afectarles.
Porque para la chica que hoy sueña con ser ingeniera, puede que mañana el decreto 3+2 le impida costearse el pago de un posgrado de dos años. Bueno, siempre tendrá la oportunidad de quejarse cuando no encuentre trabajo, ya que ese es el único prototipo de manifestante con derecho a hacerlo. Y esto me devuelve a mi primer año en la universidad, cuando otro estudiante nos preguntó en la facultad por qué salíamos a la calle contra el plan Bolonia. Se refería a por qué lo hacíamos si éramos los penúltimos del plan antiguo y contábamos con un cómodo colchón de un curso, antes de que las asignaturas suspensas se cruzaran con el cambio. Ya, pero teníamos ese margen porque habíamos salido a la calle en el instituto y otros habían salido antes que nosotros.
Parece ridículo, pero esta situación se repitió de forma distinta, frente al Ministerio de Educación, en el último año de carrera. En ese momento la pregunta fue por qué estábamos allí si las reválidas no nos afectarían. No contesté, pero ustedes ya conocen la respuesta. Por los que vendrán. Y por ese mismo motivo, hoy estas líneas van dedicadas a los que quisieron protestar, pero no recibieron permiso. No os preocupéis, nos queda la esperanza de aquellos que ayer tomaron el megáfono y no el mando de la PlayStation.