Ser manipulado


La venta de la novela 1984 de George Orwell se ha disparado desde la llegada de Trump. Escrita en 1948, Orwell invirtió las dos últimas cifras del año en que la realizó para titularla, es una distopía: una representación ficticia de una sociedad venidera donde un Gran Hermano vigila permanentemente (NSA), donde existe un Ministerio de la Verdad que se encarga de manipular y destruir información al servicio del Estado (caso Assange) y una neolengua que elimina palabras basándose en la máxima: si no forma parte del lenguaje, no puede ser pensado.

Esta semana, el gabinete de Trump mintió en la cantidad de gente que acudió a la Presidential inauguration,  y a esta mentira la llamó «hecho alternativo»: neolengua y una manipulación de la verdad puramente orwelliana. Sin embargo, no basta con un visionario como Orwell para hacer un análisis profundo de los totalitarismos posmodernos, necesitamos otra distopía: Un mundo feliz de Aldous Huxley.

El principal miedo de Huxley no era que nos censurasen la información como decía Orwell, Huxley temía que la Verdad se diluyera entre frivolidad y plástico y que ya no le importara a nadie. No haría falta prohibir libros porque nadie querrá leerlos. En Un mundo feliz se le da a la población una droga llamada soma que mantiene a la gente felizmente idiotizada, el soma actual sería el fútbol moderno, los youtubers, Telecinco…

Tiene razón Aldous Huxley en que las formas de control no tienen por qué ser violentas. El Gran Hermano no es solo Trump, también son las Kardashian o los ansiolíticos; lo que te hace feliz, pero esclavo.

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