Según se acerca el fin de mes, las calculadoras echan humo en los hogares, especialmente por estas fechas. Tras las fiestas de Navidad, con el gasto extra que estas conllevan -entre regalos, comidas familiares o de empresa y otros dispendios- es fácil que la nómina vuele y las cuentas corrientes se queden bajo mínimos. Ahora toca hacer números y enfrentarse a la dura cuesta de enero, en donde los bienintencionados propósitos se diluyen con la cruda realidad de numerosas familias, más de las deseables.
Y es que una gran sombra planea sobre la ya de por sí difícil cuesta de enero. Lo llaman el tarifazo eléctrico. La repentina subida de la luz en plena ola de frío ha caído como un alud sobre unos hogares con los cimientos aún temblando. Los testimonios de los afectados ponen los pelos de punta a cualquiera que tenga un mínimo de sensibilidad, especialmente cuando hay niños de por medio. Pero, afortunadamente, nunca falta la cara amable de la desgracia. Hablo de aquellos que se involucran con las familias que pasan dificultades en el día a día y que se vuelcan cuando la sociedad está más necesitada. Arrojan luces sobre las sombras, esperanza sobre la desolación y lanzan un halo de optimismo sobre la humanidad. Pero se abre, también, el eterno debate de hasta qué punto las organizaciones no gubernamentales y otras entidades de ayuda social están lavando los trapos sucios a un Estado de bienestar que cada vez es menos condescendiente con los males de la sociedad.
Es un alivio saber que cuando el engranaje administrativo falla y cojea la burrocracia (como la llamaba ese gran Nacho Mirás, un maestro del periodismo y mejor persona que peleó hasta el último momento contra un cáncer y las trabas burocráticas), hay gente dispuesta a no mirar para otro lado y tender la mano al prójimo. Son como la mamá pata, siempre atenta a que su pequeña prole llegue a su destino sana y salva. Y he aquí la disyuntiva entre la ayuda y la sobreprotección. Entre el socorro y el paternalismo.
Nadie se salva de que sufrir, en algún momento, un revés de esos que dan la vida. Quién sabe a quién le faltará, el día de mañana, una bombona y se verá en la tesitura de tener que decidir entre alimentar a los suyos o calentar una habitación. Hay baches en el camino y caminos llenos de baches que, en esta alegoría de la pobreza energética, serían aquellas familias en una situación de exclusión social desde hace tiempo. El propio director de la Rede Galega de Loita contra a Pobreza, Xosé Cuns, incidía en esta distinción hace no mucho tiempo. Su postura, tras unos 30 años de labor humanitaria, es que, en general, más vale dar una caña con la que pescar que los peces.