San Esteban protomártir», me decía mi abuela mientras me plantaba un besazo en la mejilla tal día como hoy, 26 de diciembre, en su tierno, pero vano, intento de aprovechar la Navidad y mi onomástica para prender en mi interior la chispa de la fe católica. No se ganó la profesora Maruja un reconocimiento del papa por empresas fáciles.
Es el único día del año en que soy plenamente consciente de que mi nombre está escrito en un registro eclesiástico y que estos vocablos que son yo mismo van indisolublemente unidos a una cifra que la iglesia no duda en esgrimir para seguir chupando de la teta de este estado supuestamente aconfesional, pero atado y bien atado a un pasado muy presente.
Es por eso que en el umbral de los cuarenta me estoy pensando seriamente, como tantas otras personas de mi generación, eso de apostatar de una vez por todas. El problema radica principalmente en la pereza de tener que ir a pedir tu partida de bautismo (previo pago, naturalmente) y ponerse a mandar documentos de aquí para allá, aunque dicen que una vez que empiezas tampoco es para tanto, salvo que el párroco o la diócesis de turno se empeñen en mantenerte en el club por todos los medios, incluido el caso omiso.
Puede que este sea uno de esos propósitos que uno se marca para el nuevo año que se avecina, como el de adelgazar, el de hacer deporte o el de intentar que le pongan una calle en Boiro a esa abuelita que ayudó a criar y educar a este infiel y a otros tantos cientos y cientos de boirenses durante casi medio siglo.