Estar en la mierda


Te ha dejado la novia, te has bebido dos botellas de vodka y estás llorando en el baño del Cúpula. Tu proyecto vital se ha desmoronado. No has cumplido las expectativas familiares y sociales. Estás completamente derrotado. Y yo te pregunto «¿y qué?».

Preocúpate solo lo justo, pues la más inmaculada y liberadora de las emociones es el fracaso absoluto. Es una pequeña catarsis: capitular, someterse con la voluntad rota hasta que llega un punto en que no eres tú sino que te observas a ti mismo desde dentro de ti, como alguien ajeno y, a la vez, consciente de tu propio cataclismo. Hasta que te sientes libre. Libre porque ya no hay nada que salvaguardar, ni honor, ni apariencias. Nada. Estás en la mierda pero estáis tú y tu dolor, tan loco, ridículo e ilógico que te concentras en él, te refugias en esa desesperación hasta la última molécula, apretándote contra ella, fundiéndote. Llega la epifanía. Sois uno.

No hay nada que se parezca a esto, es algo primitivo, puro: has tocado fondo. Aquí ya no importa «quedar bien». Aún no lo sabes pero en unos años agradecerás el haber sufrido así. Darás gracias por ese dolor que te volvió más fuerte y te hizo empezar a construir sin miedo y con rabia.

Ese dolor te acompañará siempre, estará ahí para ti, es el libro más valioso de tu biblioteca porque ya lo has leído. Y te ha enseñado que existe un tormento tan indecible que no necesitas volver a él. Has sobrevivido al ostión y no te volverán a pillar con la guardia baja, has tapado el pozo negro y que se aparten del camino, porque ya se empiezan a desplegar tus alas de cormorán.

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