Todo mal


No entiendo que la gente desprecie a los superhéroes como si fuesen una cosa pueril de niños. Batman y Superman son mitología del pueblo americano y son para mí tan respetables como la mitología egipcia o la griega. Cierto es que la mercantilización superheroica de los últimos años puede llegar a saturar, pero los héroes y su necesario mensaje (el fuerte debe proteger al débil) no son los culpables de su uso y abuso. El cómic es cultura.

Como me encanta ese mundillo, me fui al cine a ver la última peli del género: Escuadrón suicida. Había leído que el peso de la historia recaía sobre una mujer, Harley Quinn. El único personaje femenino que me ha parecido brillantemente trazado en el cine de acción desde la teniente Ellen Ripley en Alien es Arya Stark en Juego de tronos, han pasado unos treinta años entre ambos, por tanto contemplé a Harley con cierto recelo.

Y no me equivoqué, han bocetado una protagonista innecesariamente hipersexualizada, frívola, atolondrada, un cliché andante definido por el amor a su macho alfa. Espero no tener que esperar otros tres decenios para disfrutar de una heroína con cierto rigor.

Lo que no pienso hacer es ir a ver Cazafantasmas, odio todo lo que tenga que ver con remake o reboot, o cosas así. Dar dinero a estas pelis solo acelera que se concrete la blasfemia de remakear Regreso al futuro. ¿Es eso lo que queremos? ¿Otro clásico tirado por el suelo como hicieron con Conan y con Indiana? En ese supuesto planeta de los nimios parafrasearía a Charlton Heston: «¡Malditos! Al final lo habéis estropeado todo. ¡Yo os maldigo!»

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